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Fisioterapeuta explica el poder sanador de liberar las fascias | Pablo Viciana

La liberación miofascial, explica el fisioterapeuta Pablo Viciana, disuelve tensiones físicas y memorias emocionales que la medicina convencional ignora.

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Oriol Roda
jul 17, 2026
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Pablo Viciana lleva más de dos décadas practicando liberación miofascial, la técnica que descubrió hace trece años en Estados Unidos y que trata la fascia como algo mucho más vivo de lo que la fisioterapia convencional admite. En este episodio explica por qué presionar un pómulo puede hacer temblar una cadera, qué son los estados de conciencia alterados que aparecen durante una sesión, y por qué defiende sin complejos el efecto placebo cuando el cuerpo encuentra su propia manera de sanar.

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De qué va este episodio

Pablo Viciana es fisioterapeuta formado en la Universidad de Granada. Hace trece años se instaló en Estados Unidos, donde descubrió el Myofascial Release de John F. Barnes: una escuela que, a diferencia de la inducción miofascial que había aprendido en España, incorpora de forma explícita las respuestas somatoemocionales que aparecen durante el tratamiento. Desde entonces suma más de dos décadas tratando pacientes a ambos lados del Atlántico, entre consulta privada y trabajo hospitalario. Su enfoque parte de una idea incómoda para la fisioterapia convencional: que el cuerpo no siempre distingue entre una lesión física y una memoria emocional sin resolver.

¿Cómo puede un tejido que durante décadas se consideró un simple envoltorio explicar efectos que aparecen lejos de donde se aplica la presión? ¿Por qué el cuerpo tiembla cuando se libera una zona, y por qué a veces lo que emerge no es dolor físico sino una emoción o un recuerdo que nadie estaba buscando? ¿Y qué hacer con un método que funciona en consulta pero que la ciencia todavía no sabe explicar del todo? Pablo responde a estas preguntas desde la clínica, sin esconder los límites de lo que sabe.

Ideas clave de la conversación

Por qué tocar un pómulo puede aliviar el dolor de cadera: la conectividad que explica la liberación miofascial

Durante décadas, la fisioterapia trató la fascia como una simple cubierta fibrosa, un envoltorio que permite que los músculos se deslicen entre sí sin más protagonismo que ese. Pablo Viciana la sitúa en otro lugar completamente distinto: para él es un tejido con propiedades estructurales propias, capaz de redistribuir las fuerzas mecánicas a las que se ve sometido cualquier punto del cuerpo. A esa propiedad la llama tensegridad, un término tomado de la arquitectura que describe estructuras donde tensión y compresión se equilibran de forma continua, sin que ningún punto quede aislado del resto.

Esto explica algo que a Oriol le costó creer hasta vivirlo en su propia piel: durante una sesión de liberación miofascial, Pablo le puso la mano en el pómulo y, sin aparente relación, la cadera de Oriol (un punto donde arrastraba dolor) empezó a temblar de forma descontrolada. Pablo reconoce que es un efecto difícil de explicar sin haberlo experimentado antes: el cuerpo, dice, está realmente conectado de una manera que la anatomía clásica de músculos, tendones y articulaciones aislados no contempla.

La segunda pieza del mecanismo es la viscoelasticidad: la capacidad del tejido de absorber y amortiguar la presión en función de la fuerza y, sobre todo, de la velocidad con la que se aplica. Por eso trabajar una zona cervical puede notarse a distancia, siempre que la presión sea sostenida en el tiempo y nunca brusca. Es la base técnica de todo el método, y también la explicación de por qué el cuerpo no reacciona igual a un estiramiento rápido que a una presión mantenida durante varios minutos.

La implicación es incómoda para cualquiera que haya recibido un diagnóstico que aísla un síntoma en un punto concreto del cuerpo: si todo está conectado por una red continua de tensión, ¿cuántas veces el origen real del dolor está en otro sitio completamente distinto de donde se siente?

Ocho horas frente al ordenador deshidratan tu fascia: el origen invisible del dolor crónico

Para Pablo Viciana, casi cualquier agresión cotidiana deja huella directa en la fascia. Trabajar ocho horas delante de una pantalla, un episodio de estrés emocional sostenido o incluso comer o beber algo que el cuerpo no tolera bien producen el mismo efecto: deshidratan el tejido. Pablo lo compara con una especie de sopa, una solución más o menos líquida que, cuando se ve agredida repetidamente, cambia su composición de agua y se vuelve gelatinosa.

La consecuencia depende de dónde ocurra. Si la fascia se tensa alrededor de un músculo, aparece dolor muscular. Si lo hace alrededor de un nervio, puede haber síntomas neurológicos. Si ocurre cerca de una articulación, el resultado es un desequilibrio que obliga a otras zonas del cuerpo a compensar. Y ahí está, según Pablo, la explicación de por qué tantos diagnósticos que aíslan un síntoma en un punto concreto (una tendinitis, un pinzamiento, un dolor de rodilla) fallan a la hora de resolver el problema de raíz.

Pablo pone un ejemplo muy cercano al oyente que pasa el día sentado frente a un ordenador o mirando el móvil: la tensión torácica generalizada que casi todo el mundo arrastra sin saberlo, con la respiración clavicular bloqueada por la postura y por la carga afectiva que muchas personas acumulan en el cuello. Y lleva la idea a un terreno más delicado cuando Oriol le pregunta por su propia condromalacia rotuliana, ya bastante severa: el myofascial release no va a regenerar el cartílago, admite Pablo, pero cuánto de ese dolor de rodilla proviene realmente del choque de hueso contra hueso y cuánto de las compensaciones posturales que arrastra la cadera es una pregunta que rara vez se hace en consulta.

La idea de fondo incomoda porque desmonta la comodidad de las etiquetas: decir que un hombro duele por una tendinitis del supraespinoso y nada más es, para Pablo, una simplificación de algo tremendamente más complejo.

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Qué es realmente la liberación miofascial y por qué la fuerza bruta la bloquea

Cuando Oriol le pregunta a Pablo qué hace exactamente con las manos durante una sesión, la respuesta desmonta la imagen que mucha gente tiene de una sesión de fisioterapia intensa. No hay fuerza, ni estiramientos bruscos, ni técnicas agresivas. Pablo busca densidades: zonas del tejido que ofrecen una resistencia parecida a la que se nota al estirar un músculo, pero sin necesidad de generar tensión activa ni contracción. Encuentra esa barrera, se detiene ahí, y espera.

El tiempo es la variable que marca la diferencia. A los tres, cuatro o cinco minutos de presión mantenida, esa sensación de barrera empieza a diluirse, a veces acompañada de movimiento, otras de sensaciones que ni el propio Pablo puede anticipar. Solo entonces pasa a la siguiente zona de tensión. Aplicar más fuerza para acelerar el proceso, explica, tiene el efecto contrario: la viscoelasticidad del tejido hace que se endurezca ante un estímulo brusco, exactamente lo opuesto de lo que se busca.

Pablo cuenta algo que desmonta otra intuición común: la intensidad de lo que se percibe durante la sesión no predice el resultado. Ha tenido pacientes en los que apenas notó movimiento, ninguna señal de que algo estuviera pasando, y que después de la sesión le han dicho que había sido una experiencia brutal. El tejido, según su experiencia, puede estar reorganizándose sin que haya un correlato visible o palpable en el momento.

La implicación práctica es sencilla pero va contra la cultura del “cuanto más fuerte, mejor” que domina buena parte del mundo del entrenamiento y la fisioterapia: en la fascia, la eficacia depende de la paciencia con la que se espera, no de la intensidad con la que se presiona.

El terapeuta no manda: por qué el cuerpo decide qué tensión libera primero

Pablo es tajante en un punto que atraviesa toda la conversación: el terapeuta no dirige el proceso, lo facilita. Es literalmente imposible, dice, saber de antemano dónde está la restricción madre, ese punto concreto cuya liberación desencadena todo lo demás. Si un paciente llega con dolor de cuello, Pablo empieza trabajando el cuello (en parte porque el paciente necesita sentirse seguro), pero sabe que el origen real de esa tensión puede estar en cualquier otra parte del cuerpo, y que forzar el orden del proceso bloquea el resultado.

Lo que sí puede facilitar es el estado necesario para que el cuerpo se exprese. Durante el tratamiento, tanto el paciente como el propio Pablo entran en lo que describe como estados perceptivos alterados, un terreno que la fisioterapia convencional apenas nombra. Es en ese estado, dice, donde ocurre lo que él llama simplemente “la magia”: cuando el paciente es capaz, a través de su facilitación, de pararse y de percibir las tensiones que llevaba arrastrando sin saberlo.

La palabra clave es percibir. Pablo insiste en que lo que necesita la mayoría de la gente que llega a su consulta no es una técnica más sofisticada, sino la capacidad de detenerse y notar lo que el cuerpo ya está diciendo desde hace tiempo. Cuando eso ocurre, la liberación aparece casi como una consecuencia lógica, no como algo que el terapeuta produce desde fuera.

Esta idea reordena la jerarquía habitual entre quien trata y quien es tratado. El terapeuta no es la autoridad que sabe y corrige: es quien sostiene un espacio seguro para que el cuerpo del paciente encuentre, por sí mismo, la secuencia que necesita para soltar lo que lleva guardado.

### Por qué liberar la fascia de la pelvis puede sacar un miedo que no sabías que tenías

El momento más personal de la conversación llega cuando Oriol describe lo que vivió en la propia camilla de Pablo: un temblor que empezó en la cadera, subió por el diafragma y llegó hasta el pecho, acompañado de una emoción de miedo muy intensa y de una imagen mental concreta que no estaba buscando conscientemente. No lo pensó antes de la sesión, no formaba parte de nada que tuviera en mente. Simplemente apareció.

Pablo explica que ciertas zonas del cuerpo guardan, de forma bastante consistente, determinados tipos de emoción: la cadera y la zona inguinal suelen estar relacionadas con trauma emocional. No es azar ni sugestión, según su experiencia clínica: es un patrón que se repite en pacientes muy distintos entre sí. Pone un ejemplo casi cinematográfico para explicarlo: alguien que ve por el retrovisor que un camión va a impactar contra su coche adopta, de forma instintiva, una postura de protección. Si ese trauma no se procesa, el cuerpo evita reproducir esa postura durante años. Cuando finalmente la reproduce, sea en una camilla o en cualquier otro contexto, la emoción asociada puede volver a aflorar.

Pablo cita a Peter Levine y el modelo de lucha, huida y bloqueo para dar marco a este fenómeno, aunque reconoce que la explicación completa todavía se le escapa. Lo que sí ha visto, repetidamente, es algo más delicado: pacientes que durante una sesión recuerdan episodios de abuso que ni siquiera sabían que llevaban dentro. Pablo es explícito en un límite que se autoimpone: él no trabaja directamente ese contenido como lo haría un tratamiento convencional, no dirige ni controla lo que emerge. Su única responsabilidad es que el paciente salga funcional, no peor de lo que entró.

Es probablemente el punto más incómodo de todo el episodio, y también el que más preguntas abre sobre qué guarda realmente el cuerpo sin que la mente consciente se entere.

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De estar atrapada en su propio cuerpo a esquiar de fondo: el caso que resume la liberación miofascial

Pablo tiene una manera muy concreta de identificar qué pacientes van a responder mejor a este trabajo: son, casi siempre, los que están peor. Los que ya lo han probado todo, los que han repetido su historial de dolor tantas veces que hasta ellos mismos se aburren de contarlo. Cuando empieza a hacerles preguntas más concretas y los lleva por otro camino, algo cambia en la manera en que hablan de su propio cuerpo. Salen de la consulta con dolor todavía, pero salen de otra forma: ya no hablan solo de “tengo un dolor aquí”, sino de cómo esa tensión se conecta con otra zona completamente distinta.

El caso que mejor ilustra esto, según cuenta Pablo, es el de una paciente de unos 60 años con un historial de trauma severo (abuso en la infancia, tres accidentes de tráfico graves) que llegó a su consulta viviendo, literalmente, atrapada en su propio cuerpo: cualquier sensación le producía pánico. El trabajo fue lento, sostenido durante años, con sesiones semanales que después se espaciaron a una cada tres o cuatro meses. La clave, según Pablo, fue que la paciente aprendiera a estar cómoda dentro del dolor, de la sensación emocional y de los recuerdos, en lugar de huir de ellos.

El resultado, cuando llegó, fue de esos que un fisioterapeuta no olvida: la mujer volvió a consulta ilusionada porque había conseguido enhebrar una aguja, algo que llevaba mucho tiempo sin poder hacer. Poco después le enseñó una foto haciendo esquí de fondo. Había pasado de apenas poder moverse, con medicaciones muy fuertes, a recuperar una vida física que parecía cerrada para siempre.

Es un caso extremo, y Pablo lo sabe. Pero es también la prueba, a su juicio, de que el cuerpo conserva una capacidad de recuperación que ningún diagnóstico por sí solo puede predecir.

Bienvenido sea el efecto placebo: por qué despreciarlo cuando el cuerpo sana es una estupidez

Oriol le plantea a Pablo la objeción más obvia que cualquier escéptico haría frente a todo lo descrito hasta ahora: si el terapeuta trata bien, si las sensaciones corporales durante la sesión son intensas, pero no hay un mecanismo explicable con claridad, ¿por qué no llamarlo simplemente efecto placebo?

Pablo no lo esquiva. Al contrario: lo reivindica. Le parece mucho más ilógico, dice, no prestar atención a una zona de tensión en la espalda mientras se duerme que aceptar que el cuerpo, cuando se le da la oportunidad de entrar en un nivel distinto de conciencia, produce cambios que hoy no sabemos explicar del todo pero que son enormemente poderosos. Y son poderosos porque la gente mejora. Punto.

Oriol lleva la idea un paso más allá: si el efecto placebo incluye cualquier cosa que el propio cuerpo haga por sí mismo para sanar, despreciarlo es, literalmente, una estupidez. Si el cuerpo tiene esa capacidad y una técnica consigue inducir el estado que la activa, no importa demasiado que hoy la etiqueta se llame placebo simplemente porque no hay un fármaco actuando sobre una diana molecular concreta. De hecho, apunta Oriol, el efecto placebo suele ser más potente que el de muchos medicamentos: si se le restara a un tratamiento, lo que quedaría de mejora real sería casi insignificante.

Pablo conecta esto con una crítica más amplia al sistema de salud: el médico, dice, carga con una presión casi imposible, la de tener siempre una respuesta, cuando en realidad estamos bastante más perdidos de lo que el diagnóstico aparenta. Reducir a una persona a una etiqueta es, para él, una simplificación de algo tremendamente complejo.

Y no todo el mundo tolera este terreno: Pablo reconoce que ha tenido pacientes que, a los quince minutos de empezar una sesión, se han levantado enfadados de la camilla, incómodos con lo que empezaban a sentir. La liberación miofascial no es, ni pretende ser, un método universal.

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La fascia como autopista de la conciencia: la teoría cuántica que conecta cuerpo y mente

Hacia el final de la conversación, Pablo abre lo que el propio Oriol describe como “un melón gigante”. John F. Barnes, el fisioterapeuta que ideó la técnica que Pablo practica, se apoya en teorías tan ambiciosas como la Orchestrated Objective Reduction (conocida como Orch-OR), formulada originalmente para explicar el origen de la conciencia a nivel cuántico. La idea de fondo, resumida por Pablo, es que un sistema puramente computacional no basta para generar conciencia: hace falta algo más, un proceso cuántico que ocurriría, según esta teoría, en los microtúbulos de las células.

Y aquí es donde Barnes conecta ambos mundos: sostiene que la fascia funciona como la autopista por la que circula esa información, el tejido que conecta el sustrato físico del cuerpo con procesos que la neurociencia convencional apenas empieza a explorar. Pablo lo cuenta con la honestidad de quien sabe que se mueve en un terreno especulativo: reconoce que sigue siendo, para él mismo, un proceso en curso de comprensión, no una certeza cerrada.

Es la idea más audaz de todo el episodio, y también la que Oriol y Pablo deciden dejar deliberadamente sin cerrar. No hay una conclusión definitiva sobre si la fascia realmente conduce algo parecido a la conciencia, ni sobre cómo encajarían las teorías de Barnes con lo que sabemos hoy de neurociencia. Lo que queda, en cambio, es una pregunta que atraviesa las siete ideas anteriores: si un tejido que durante décadas se consideró un simple envoltorio resulta transmitir tensión, memoria emocional y quizás mucho más, ¿cuánto nos queda todavía por entender sobre lo que realmente ocurre dentro de un cuerpo?

Sobre Pablo Viciana

Pablo Viciana es fisioterapeuta formado en la Universidad de Granada. Hace trece años se trasladó a Estados Unidos, donde se formó en el método Myofascial Release desarrollado por John F. Barnes, una escuela que incorpora de forma explícita el componente somatoemocional del tratamiento, algo que la inducción miofascial europea no contempla. Desde entonces suma más de dos décadas tratando pacientes a ambos lados del Atlántico, combinando consulta privada y experiencia en entorno hospitalario.

- Email: pablovicianagarofano@gmail.com

Libros y recursos mencionados

- Healing Ancient Wounds: The Renegade’s Wisdom, de John F. Barnes https://amzn.to/4w68it5

- El tercer ojo, de T. Lobsang Rampa: https://gente.info/libros40xd

- Los Caminantes, de Carlos Sisí: https://gente.info/libros8YWs

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Mi nota de voz personal sobre este episodio

En esta nota cuento lo que no entró en el episodio: qué sentí exactamente cuando el miedo me subió por el diafragma en la camilla de Pablo, y por qué en vez de asustarme decidí quedarme ahí. También comparto qué zona de mi cuerpo llevo años evitando notar, y qué voy a hacer distinto a partir de esta semana con esa información. No es una conclusión bonita ni cerrada. Es, como dice Pablo, un proceso que todavía estoy entendiendo.

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