Fisioterapeuta: cómo curar tu dolor de espalda sin pisar una consulta | Beatriz Sánchez-Quílez
Beatriz Sánchez-Quílez, fisioterapeuta, desmonta el modelo terapéutico español: por qué los medicamentos y las sillas ergonómicas no curan tu espalda y qué sí lo hace, sin pisar una consulta.
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Beatriz Sánchez-Quílez, fisioterapeuta y autora de “Lo que nunca te contaron para quitar tu dolor de espalda”, desmonta en este episodio la idea más arraigada y más peligrosa que tenemos sobre el dolor de espalda: que se va a ir solo. Explica por qué los medicamentos no curan, por qué las sillas ergonómicas de mil euros no te van a salvar, y enseña la lógica del autotratamiento fascial que ha cambiado la vida de sus pacientes. La promesa del episodio es alta: que cualquiera que aterrice aquí buscando “tengo dolor de espalda, qué hago” se vaya con herramientas para empezar.
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En la conversación cuenta por qué los antiinflamatorios solo reabsorben cortisol pero no tocan el origen del problema, por qué la postura “correcta” mantenida en el tiempo duele igual que la “mala”, y revela algo que dice no haber contado en ningún otro podcast: por qué la recuperación nunca es lineal, sino una serie de resistencias que el cerebro pone porque, después de cinco años con dolor, lo conocido para ti es el dolor. También enseña la receta del suero casero que da a sus pacientes y explica por qué, cuando alguien se siente bien demasiado pronto, ese alivio se convierte en la siguiente recaída.
Ideas clave de la conversación
Por qué la creencia más extendida sobre el dolor de espalda es la que más te impide curarte
Beatriz lo dice nada más empezar. La creencia más extendida sobre el dolor de espalda es que se va a ir solo. Y entiende por qué se sostiene: muchas veces, al principio de una patología, el dolor remite con descanso, con calor, con un par de días sin esfuerzo. El cuerpo da una falsa señal de tregua. Pero si hay una lesión, esa lesión sigue su curso por debajo aunque no la sientas, y vuelve más fuerte cuando vuelves a la rutina sin haber tratado nada.
La segunda creencia que desmonta es que el dolor de espalda es una consecuencia inevitable de la edad. “Yo conozco un montón de personas mayores que suben montañas, van en bicicleta, hacen deporte, y otras que son muy jóvenes y tienen dolores horribles”, cuenta. La diferencia no está en los años, está en la calidad de los tejidos. Y la calidad de los tejidos depende de cómo los hayas tratado, no de cuándo naciste.
Hay una frase que se le queda a uno grabada. Beatriz cuenta que sus pacientes, cuando les cambian los tejidos, le dicen siempre lo mismo: “Me siento diez años más joven”. Y ella les responde: “No, no te sientes diez años más joven. Te sientes como te tienes que sentir a tu edad. Pero tú no lo sabías”. La implicación es incómoda. Mucha gente lleva tantos años cargando rigidez y molestia de baja intensidad que ha olvidado cómo se siente un cuerpo en condiciones. Y lo que llama envejecer es, en muchos casos, simplemente, abandono del tejido.
La trampa real de los medicamentos: alivian pero no curan, y eso es exactamente el problema
Aquí Beatriz hace una distinción que casi nadie hace. No dice que los medicamentos sean malos. Dice algo más fino: los medicamentos hacen que reabsorbas más rápido el cortisol que ha generado la inflamación. Eso es útil cuando estás bloqueado, cuando no te puedes mover, cuando tienes que ir a trabajar al día siguiente. El ibuprofeno cumple su función puntual.
El problema es lo que ese alivio te oculta. Detrás de la inflamación que el medicamento desactiva sigue habiendo un sistema fascial cerrado, una musculatura profunda débil, y un patrón neurológico que no se ha tocado. Cuando el dolor remite, la persona vuelve a su vida normal pensando que el problema se ha solucionado. No se ha solucionado. Se ha silenciado. Y la próxima crisis llega antes y más fuerte que la anterior.
Beatriz lo plantea con una imagen que cuesta olvidar. “Pregúntale a cualquiera que le duela la espalda si se ha curado con un medicamento”. Esa pregunta sencilla descarta de un golpe la lógica del modelo dominante. La gente lleva años tomando antiinflamatorios y la espalda sigue ahí. La pregunta no es si los medicamentos sirven, es si curan. Y la respuesta, en el dolor crónico, es no.
No existen las malas posturas, existe la postura mantenida
Esta es probablemente la idea más útil del episodio para cualquier oficinista. Beatriz desmonta el dogma de la postura correcta con un argumento que no se puede rebatir: ¿has probado a mantener una buena postura durante una hora seguida? Cansa. Duele. Y al final acabas igual de mal que con la “mala” postura, porque el problema nunca fue la postura, fue la inmovilidad.
La inmovilidad cierra las fascias. Eso es lo que importa. Una postura buena mantenida cierra fascias, una postura mala mantenida cierra fascias. Lo que las abre es el cambio. Por eso Beatriz aboga por la mesa elevable no como solución mágica, sino como herramienta para variar: un rato de pie, un rato sentado, un rato tumbado en el sofá si trabajas desde casa, boca abajo si te apetece, de lado, lo que sea.
Y aquí remata uno de los momentos más afilados de la entrevista. La pregunta de si las sillas ergonómicas de mil euros sirven. Beatriz tiene una silla de madera. No le hace falta más. “No es la silla lo que te va a salvar. Lo que te va a salvar es que tú te muevas”. Es difícil pensar en una afirmación más subversiva para una industria que vive de vender mobiliario como solución médica.
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La pechuga de pollo y la fascia: la analogía que hace entender de qué va realmente el dolor crónico
Para entender el resto del episodio hay que entender qué es una fascia. Beatriz lo explica con una analogía doméstica. La telita blanca que hay encima de la pechuga de pollo cuando la sacas del envase. Eso es fascia superficial. Imagínate esa telita pegada al músculo, sin poder deslizar. El músculo se mueve, pero la fascia tira, y el conjunto no funciona bien. Si la telita se desliza, el sistema es elástico. Si está pegada, todo el sistema se vuelve rígido.
Lo que mucha gente no sabe es que esa “telita” no está solo en la superficie. Cada músculo tiene su fascia, cada articulación, cada nervio, cada órgano, cada vaso sanguíneo. Es una red continua que recorre todo el cuerpo. Cuando una zona se cierra, las demás se compensan. Cuando todas se cierran a la vez, llega el dolor de espalda crónico que la persona arrastra durante años sin entender por qué.
Beatriz hace una predicción interesante en el episodio. Dice que en los próximos años va a haber un boom de las fascias, igual que lo hubo del crecimiento muscular. Y advierte: si no trabajas las fascias, da igual cuánta fibra muscular construyas. Es un mensaje incómodo para todo el ecosistema de gimnasio y rendimiento, donde el músculo es el rey. La fuerza sin elasticidad fascial es arquitectura sobre cimientos rígidos. La pregunta que queda flotando es cuántas lesiones recurrentes en gente que entrena con consistencia tienen aquí su origen real.
El ciclo cortisol-fascias: por qué el estrés te cierra la espalda literalmente
Aquí entra el mecanismo biológico que articula toda la tesis de Beatriz, y vale la pena entenderlo bien porque cambia cómo piensas sobre tu propio cuerpo. Cuando el cuerpo percibe peligro, ya sea físico (un golpe, una sobrecarga) o psicológico (estrés laboral, ansiedad, una discusión, presión sostenida), libera cortisol. El cortisol, en dosis adecuadas, es un químico maravilloso: es lo que te despierta por la mañana, lo que te activa, lo que te permite levantarte aunque no tengas ganas. Pero en exceso, genera inflamación.
Y a la vez, el cuerpo cierra las fascias. Es una respuesta de protección. Una fascia cerrada protege estructuras blandas en una situación de amenaza. Lo que pasa es que el cuerpo no distingue entre la amenaza de un león y la amenaza de un correo del jefe a las once de la noche. Reacciona igual. Cierra fascias igual. Genera cortisol igual.
Y aquí Beatriz cierra el círculo con una observación que aplica a cualquiera con dolor crónico. Si tienes dolor y no sabes qué hacer, el propio dolor es percibido como peligro. Genera más cortisol. Cierra más fascias. Empeora el dolor. Y la única forma de salir de ese bucle es romperlo desde dentro, porque mientras dependas de un terapeuta externo y tengas que esperar una semana a la cita, sigues atrapado en el ciclo, generando cortisol todo ese tiempo. La consecuencia clínica es directa: aprender a quitarte tú el dolor no es solo más cómodo, es la única intervención que rompe el bucle a tiempo.
Por qué el autotratamiento da mejores resultados que el tratamiento externo (y qué no es autotratamiento)
Esta es la idea-fuerza del episodio. Beatriz no la presenta como una opinión, la presenta como una consecuencia inevitable de cómo funciona el sistema. “Si el tratamiento y la solución es externa, pasa tiempo. Te sientes desamparado. No te sientes con poder”. Y eso, además de generar el cortisol que ya hemos visto, no construye aprendizaje neuronal. El cuerpo no aprende a hacer nada cuando otro le hace algo.
Beatriz lo lleva a un terreno casi filosófico. “Igual que una herida externa te han enseñado a curarla y no vas a la enfermería mirando como se ensucia, también puedes aprender a curar las heridas internas. Y no hace falta que estudies la carrera de enfermería ni de medicina para curar esta externa”. Es probablemente la frase más potente del episodio. La mayoría de la gente acepta como evidente que sabe ponerse una tirita, pero no que pueda soltarse una fascia cervical. Y la diferencia es solo de información.
Aquí matiza algo importante para que nadie la malinterprete. Autotratamiento no es ver vídeos sueltos de YouTube y hacer cualquier cosa. Eso, dice, te puede hacer daño. Autotratamiento es saber qué haces, por qué lo haces, la técnica correcta y cuándo aplicarla. Es formación, no improvisación. Y advierte sobre el modelo español, donde la fisio es eminentemente intervencionista: “Yo te hago el tratamiento, te vas a casa, vuelves la semana siguiente”. Ese modelo, dice, “es lo que crea dependencia, desamparo, y que al final no se arregle nunca el problema”. Es una crítica seria a una industria entera, viniendo de dentro de esa industria.
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El dolor crónico te apaga la vida sin que te des cuenta, y la recuperación nunca es lineal
Hay un momento en la conversación en el que el tono cambia. Beatriz deja de hablar de fascias y entra en algo más íntimo. Cuando vives en dolor durante años, no eres capaz de imaginar una vida sin él. Tus conexiones neuronales no te permiten visualizar grandes proyectos, viajes, planes. No es que decidas no hacerlos. Es que tu cerebro, en modo supervivencia, no los procesa como opciones reales. “No estás pensando en vivir la vida, simplemente estás pensando en no sufrir”.
La frase que remata esta idea es difícil de olvidar. “El dolor de espalda está muy normalizado, muy banalizado, y crea realmente discapacidades. Y discapacidades reales, las evidentes, pero también las sutiles: dejas de hacer cosas, te vas limitando, vas acortando tu vida. Y solo tienes una”. No es autoayuda. Es una observación clínica sobre lo que años de dolor de baja intensidad le hacen a una persona, sin que esa persona se dé cuenta de cuánto se ha encogido.
Y luego viene algo que Beatriz dice no haber contado nunca en un podcast. La recuperación no es lineal. Las personas asumen que mejorar va siempre hacia arriba, y no es así. Aparecen resistencias. Porque al cerebro le gusta lo conocido, y si llevas cinco años con dolor, lo conocido para tu cerebro es el dolor. No la ausencia de dolor. Eso explica por qué tantos pacientes mejoran y luego, sin razón aparente, recaen. No están fallando. Están atravesando la fase en la que su cerebro está renegociando lo que considera “normal”. Si no entiendes esto, dejas el tratamiento justo cuando estás más cerca de salir.
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La hidratación, el suero casero y por qué el ansia de patatas chips probablemente sea sed
Este último bloque puede parecer un cambio de tema, pero Beatriz lo conecta con todo lo anterior. La mayoría de la gente vive en deshidratación de bajo grado. No es la deshidratación dramática de un golpe de calor. Es la otra: la crónica, sostenida, que reduce la calidad del tejido fascial, dificulta la regeneración celular y mantiene al cuerpo en un estado de baja eficiencia.
Su receta es deliberadamente simple, casi anticlimática frente al ruido de la industria del bienestar. Un litro de agua. Una cucharadita pequeña de bicarbonato. Un poco de sal. Limón. Eso es todo. Ese suero casero, dice, basifica el cuerpo y mejora la hidratación celular real, no solo la del estómago. No promete milagros. Promete una intervención barata, repetible, integrable en cualquier rutina.
La parte contraintuitiva viene después. Beatriz sugiere que muchas de las ansias de comer mal (chocolate, pan seco, napolitanas, patatas chips) no son hambre. Son sed. El cuerpo confunde las dos señales cuando lleva mucho tiempo deshidratado. Su propuesta es brutalmente sencilla: antes de ceder a un antojo, bebe un vaso de agua. Espera. Si después de eso sigues teniendo el ansia, come. Pero la mayoría de las veces, dice, no la sigues teniendo. Es la pieza más fácil de poner en práctica de todo el episodio. Y probablemente la que más resultados visibles dé en una semana.
Sobre Beatriz Sánchez-Quílez
Beatriz Sánchez-Quílez es fisioterapeuta especializada en sistema fascial, autotratamiento y reprogramación neuromuscular. Tras años sufriendo ella misma dolor de espalda crónico siendo profesional del cuerpo, desarrolló un método propio centrado en que el paciente aprenda a tratarse, en lugar de depender del terapeuta. Trabajó en contextos quirúrgicos y de amputación antes de orientar su práctica al dolor crónico de espalda. Acaba de publicar “Lo que nunca te contaron para quitar tu dolor de espalda a largo plazo”, donde recoge las técnicas que enseña a sus pacientes para que vivan sin dolor sin necesitar consultas constantes.
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Libros y recursos mencionados
- Lo que nunca te contaron para quitar tu dolor de espalda a largo plazo, de Beatriz Sánchez-Quílez
- Les alliés cachés de notre organisme: Les fascias (documental de ARTE)
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Mi nota de voz personal sobre este episodio
En esta nota cuento lo que no entró en el episodio. Llevo años con una rigidez cervical que doy por descontada, de esas que asumes como parte del “trabajar mucho” y dejas de cuestionar. Después de grabar con Beatriz hice una de las técnicas que enseña y la sensación al levantarme al día siguiente fue exactamente la frase que ella usa con sus pacientes: no me sentí más joven, me sentí como tendría que sentirme y no me había sentido en años. Cuento qué técnica concreta usé, qué decisión he tomado sobre mi forma de trabajar a partir de esta semana, y por qué creo que la idea de “autotratamiento” de Beatriz aplica a algo más que a la espalda.


