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Experta en AYUNO revela qué comer demasiado te está destruyendo por dentro | Lidia Blánquez

Lidia Blánquez nos habla sobre el ayuno largo como herramienta biológica: limpieza profunda, desnutrición moderna y claves para no arruinar la reentrada

jun 05, 2026
∙ De pago

El ayuno largo no es una moda ni un experimento de Silicon Valley: es la herramienta biológica más antigua que tenemos para limpiar el terreno. Lidia Blánquez, naturópata y experta en microscopía nutricional, viene a explicarnos por qué comemos más que nunca y estamos desnutridos, qué pasa exactamente cuando dejamos de comer durante diez días, y por qué la mayoría de la gente arruina el trabajo del ayuno en la reentrada.

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De qué va este episodio

Lidia Blánquez lleva más de tres décadas trabajando con sus pacientes desde la naturopatía, la microscopía nutricional ortomolecular y los retiros de ayuno largo. Es una de las pocas profesionales en España que ha llevado a miles de personas a procesos de ayuno de diez días con seguimiento clínico, y observa diariamente la sangre viva de quienes pasan por su consulta. Su lectura no encaja con la divulgación dominante: ni con la mainstream médica, ni con el biohacking de redes. Habla desde la observación clínica acumulada, no desde el laboratorio aislado, y eso le permite decir cosas que casi nadie está diciendo.

¿Cuál es la dosis óptima de ayuno y por qué tirar del riñón sale caro? ¿Qué hace exactamente la autofagia profunda con el músculo cuando se pone en marcha? ¿Por qué los hospitales rusos y alemanes de ayuno construyen su efecto desde la inmovilidad y no desde el esfuerzo? ¿Y qué tiene que ver el calabacín bendito con la microbiota de quien come solo diez alimentos a la semana? Lidia entra a fondo en cada una de estas cuestiones, repone el debate del ayuno con argumentos clínicos acumulados y se atreve con una observación que no se ve a menudo en ningún tipo de divulgación de salud: la mayoría de los fallos no están en los días sin comer, sino en los días que vienen después.

Ideas clave de la conversación

Comemos más que nunca y estamos más desnutridos que nunca

Lidia abre la conversación con una afirmación que descoloca a cualquiera que crea que el problema nutricional de Occidente es exclusivamente el exceso. Comemos más que nunca, dice, y estamos desnutridos. No es retórica: lleva treinta y cinco años mirando sangre viva por campo oscuro y contraste de fase, y lo que ve repetidamente en sus pacientes es desnutrición funcional. Hematíes prácticamente inexistentes en algunas muestras. Células fantasma, células que ni siquiera llegaron a formarse del todo. Sangres que ella misma describe como el desierto de Gobi.

El problema no es la cantidad de comida, sino lo que sucede entre el plato y la célula. La absorción falla antes de llegar al intestino. Falla en la masticación, donde la mayoría come deprisa y distraída. Falla en el estómago, donde hay menos ácido clorhídrico del necesario. Y falla en el alimento mismo: conservantes, colorantes, aditivos y potenciadores de sabor convierten gran parte de lo que tragamos en algo que el cuerpo no reconoce como biodisponible.

Lidia conecta esto con una idea que pesará el resto del episodio. Una cosa es comer y otra es nutrirse. Y entre las dos hay un campo de batalla biológico que casi nadie explica. Cuando comes algo que no te aporta energía neta, tu cuerpo gasta más recursos digiriéndolo de los que obtiene. Sales perdiendo. Por eso plantea que el futuro de la humanidad pasará por aprender a mirar la comida y preguntarse si suma o si resta, si tiene sentido o si solo llena el plato.

Lo más incómodo de su lectura es que apunta directo al pilar invisible de la salud moderna: el supermercado. La pregunta queda flotando. Si lo que se vende como alimento ya no es biodisponible, si lo que entra en casa no nutre, si la masticación se hace mirando el móvil, ¿qué porcentaje de tu energía vital estás dejando en el camino sin saberlo?

El cuerpo en simpaticotonía: por qué los tejidos están rígidos y la adrenal agotada

Lidia describe un patrón clínico que repite consulta tras consulta: gente que llega en bata, sin peinar, contándole que no tiene fuerzas ni para arreglarse. Fatiga adrenal extrema. Cuerpos que viven con el sistema simpático permanentemente encendido, en modo supervivencia, en lo que ella llama un motor revolucionado constantemente. El problema no es psicológico ni moral, es bioquímico. Y tiene una pieza concreta y nombrada que casi nadie comenta: el exceso de calcio en los tejidos sin magnesio que lo contrarreste.

Cuando el calcio se queda fijado en los tejidos sin la presencia del magnesio que activa la relajación celular, el músculo está contraído. El tendón está rígido. La fascia no se hidrata. Y entonces aparece el patrón clínico que cualquier fisioterapeuta reconoce: el deportista que se lesiona a la mínima, el oficinista con contracturas crónicas, los tics, los espasmos, el bruxismo nocturno. Lidia cuenta el caso de jugadores y entrenadores profesionales que llegan a su consulta preguntándose por qué se rompen tanto. Su respuesta es la misma: porque están en modo supervivencia. Comen mal, viven en estrés permanente, llegan al partido en contracción máxima, y a la primera entrada se parten.

La recomendación práctica que aparece en este bloque es interesante porque es accesible: aceite de magnesio transdermal aplicado directamente sobre la piel para compensar el exceso de calcio tisular. No es la solución completa, claro, pero es un punto de entrada concreto. Lo importante, dice Lidia, es entender que mientras el cuerpo viva en simpaticotonía no hay vitamina ni suplemento que arregle nada. Primero hay que decirle al sistema nervioso que puede bajar las revoluciones. Y eso, en su modelo, casi siempre pasa por el ayuno y por la masticación consciente.

La implicación se hace inevitable. Si vives con el motor revolucionado, gastas más combustible del que entra. Y no hay multivitamínico que repare ese balance.

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Por qué el ayuno largo es el bisturí de la medicina natural

Lidia llama al ayuno el bisturí de la medicina natural. La frase es suya y la usa con literalidad. Es la herramienta más quirúrgica, dice, porque actúa sobre el terreno completo sin tener que pasar por la complejidad de prescribir nutrientes específicos contra problemas específicos. El cuerpo, cuando deja de digerir, redirige los recursos.

Lo que ocurre fisiológicamente cuando entras en un ayuno de más de tres días está bien documentado y ella lo enumera con claridad. Autofagia profunda, que es la limpieza celular en la que los lisosomas se fusionan con membranas internas y reciclan proteínas dañadas. Cetosis sostenida, que el cerebro empieza a aprovechar después del agotamiento del glucógeno. Neuroplasticidad aumentada, con estudios recientes que apuntan a una mayor formación de sinapsis durante el ayuno. Y un estado antiinflamatorio profundo que ningún suplemento, por bueno que sea, puede emular.

Lidia comparte un detalle clínico que ilustra la potencia del proceso: médicos que la llaman preguntándole cómo es posible que pacientes con anemia crónica salgan de un ayuno con hierro normal en sangre. Su explicación es directa. Había depósitos de hierro en el hígado que llevaban años bloqueados por congestión. El ayuno descongestiona el órgano, y entonces lo que estaba guardado vuelve a circular. No es magia, es regeneración hepática.

Lo que cuenta también es lo que ella llama el ayuno urbano, su variante propia, la que ha ido afinando durante décadas de práctica. Es la unión del ayuno clásico, que requiere retiro absoluto en un hospital de bosque, con suplementos limpios concentrados de plantas que permiten sostener el proceso dentro de una vida con responsabilidades. La diferencia es importante. El ayuno puro de agua tira del riñón, y eso tiene consecuencias. El ayuno urbano protege la función renal sin renunciar a los beneficios profundos.

Quien escucha estas explicaciones sin haber ayunado nunca probablemente se queda con la sensación de que esto es demasiado para él. Quien ya ha ayunado entiende exactamente de qué está hablando.

La crítica más fuerte al ayuno largo: ¿Qué pasa de verdad con la masa muscular?

La objeción más repetida contra el ayuno largo es la pérdida de masa muscular. Lidia la enfrenta de cara porque sabe que es el argumento que retiene a la mayoría de la gente formada en fisiología moderna. Su respuesta no esquiva la cuestión, la replantea desde la observación clínica acumulada.

Empieza con una pieza fisiológica concreta. En la autofagia profunda, los lisosomas degradan proteínas dañadas y reciclan aminoácidos. Esos aminoácidos, lejos de perderse, se utilizan para construir tejido. En ayunos largos, según las observaciones a las que ella se refiere y los trabajos clásicos de Yoshinori Ohsumi, esos aminoácidos reciclados sirven para sintetizar músculo nuevo, no solo para sostener el existente. Es una imagen distinta de la que predomina en redes: el ayuno no fundiría el músculo, sino que aprovecha las membranas dañadas para construir tejido limpio.

Después llega la parte clínica, que es donde Lidia mete una distinción importante. La gente que tiene músculo conserva el músculo. Lo ha visto durante más de tres décadas. Sus pacientes triatletas y deportistas habituales no solo no pierden masa durante los ayunos, sino que en muchos casos vuelven con mejores marcas. La clave está en que siguen entrenando durante el proceso, aunque con cargas reducidas, y en que tienen una base muscular construida que el cuerpo protege.

El matiz importa. Lidia no recomienda un ayuno largo a alguien sarcopénico, ni a alguien con un volumen de masa muscular ya comprometido. Para esos perfiles, primero toca construir base, luego pensar en el ayuno. Para alguien con musculatura preservada y entrenamiento sostenido, el riesgo es mucho menor del que sugiere el alarmismo en redes.

Lo más útil de este bloque es lo que implica para quien duda. Si tu objeción al ayuno es la masa muscular, la pregunta no es “perderé músculo”, sino “tengo músculo que perder, y estoy dispuesto a seguir entrenando durante el proceso”. Esa es la conversación honesta.

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Cuál es la dosis óptima de ayuno y por qué el ayuno puro de agua no se hace en ciudad

Lidia trata el ayuno como un estresor más, en la misma categoría que la hipoxia intermitente o el ejercicio. Y como todo estresor biológico, sigue una curva en U invertida: poca dosis no produce efecto, demasiada dosis te rompe, el beneficio está en el centro. La pregunta es dónde está ese centro.

Su recomendación práctica es clara y operable. Para alguien sano, ayuno intermitente diario como suelo. Sobre esa base, dos ayunos de diez días al año con seguimiento profesional. Más allá de eso, asume riesgos crecientes sin retornos crecientes. Mantenerse en ayuno permanente o forzar duraciones muy largas no solo no suma, resta. El cuerpo necesita comer también. No hay heroísmo en el desierto prolongado.

La distinción más útil que aparece en este bloque es la del ayuno puro de agua frente al ayuno asistido. El ayuno puro, dice Lidia, es el padre. Es el original, el de los hospitales de bosque en Alemania o Rusia, donde la gente se queda quieta, casi sin moverse, respirando entre árboles y bebiendo solo del riachuelo. Eso preserva la energía. Pero ese mismo ayuno hecho en una ciudad, mientras subes al metro, atiendes el correo y respondes a tu jefe, tira del riñón. Y el riñón no se toca a la ligera.

Por eso ella ha desarrollado lo que llama el ayuno urbano. Suplementos limpios de concentrados de plantas, sin aditivos, que permiten ayunar manteniendo una vida activa sin sacrificar la función renal. Es una concesión consciente al contexto. No es el ayuno más puro, pero es el ayuno más sostenible para quien no puede irse a un retiro de diez días al bosque.

La implicación práctica es importante para cualquiera que haya pensado en hacer un ayuno largo solo con agua mientras sigue trabajando. Mejor no. O lo haces bien retirado, o lo haces con la asistencia adecuada. La energía del riñón no se reembolsa.

La reentrada es lo más importante del ayuno: por qué se empieza por el calabacín

Si hay un punto que Lidia repite con énfasis durante toda la conversación es este: la reentrada importa más que los días sin comer. Diez días de ayuno bien hechos pueden arruinarse en cuarenta y ocho horas de reentrada hecha mal. Y la mayoría de la gente, dice, lo arruina.

Su protocolo es preciso y cuenta con detalle el porqué de cada paso. Después de diez días de ayuno, ella indica once días de reentrada progresiva. Más días reincorporando alimentos que días ayunando. El motivo es fisiológico. Tras un ayuno largo, los alimentos óptimos elevan el ácido butírico a nivel intestinal y reconstruyen la microbiota. Si reincorporas mal, todo lo que la flora limpió durante el desierto vuelve a fermentar, a putrefactar, y el trabajo se pierde.

La elección de los primeros alimentos no es estética, es ortomolecular. Empieza por vegetales que produzcan picos mínimos de insulina, y por eso recomienda el calabacín. La gente, cuenta riendo, le reclama: “Lidia, ¿esta miseria?”. Su respuesta es directa. Vienes del desierto. Cualquier cosa que pruebes al salir del desierto la encontrarás extraordinaria. La cura de humildad del paladar, le llama.

Después llegan otros vegetales de bajo impacto glucémico. Más tarde, frutas suaves. Bastante después, cereales o legumbres. Y la proteína, ese cinturón de seguridad que la cultura del fitness pone primero, ella la deja para el final. Para el día once, después de haber reconstruido el terreno digestivo. Hacerlo al revés, dice, es como meter un saco de cemento en una pista limpia recién regada.

Y luego llega lo que ella llama el día del huevo. Cuando un paciente, después de once días de reentrada, prueba un huevo cocinado con calma. Cuenta cómo la gente lo describe como una revelación. La sensación es real. El cuerpo recuerda lo que es comer de verdad. Y eso, para Lidia, es el verdadero objetivo del ayuno largo: no la limpieza, sino la oportunidad de redescubrir qué significa comer.

Si esta idea de la reentrada te ha hecho replantearte cómo sales de cada experimento que pruebas con tu cuerpo, suscríbete a la newsletter. Cada lunes, una conversación que te recoloca.

Microbiota plural y paladar viciado: por qué comer diez alimentos a la semana te empobrece por dentro

Lidia introduce un dato clínico que merece atención: hay pacientes que cuando se sientan a hacer balance descubren que comen, semana tras semana, solo diez alimentos diferentes. Las cuatro bolsas de lechuga embolsada, los cuatro cherries, los filetes, el plátano. La cuenta es realista, y para una microbiota humana es catastrófica.

La razón es estructural. La microbiota intestinal es un ecosistema de miles de especies que necesitan sustratos distintos para mantenerse vivas. Si solo le ofreces los mismos diez alimentos, las especies que dependen de los otros sustratos desaparecen. El ecosistema se empobrece. Y un ecosistema empobrecido pierde la capacidad de modular sistemas que la ciencia reciente está confirmando: el sistema inmunológico, el estado de ánimo, incluso el pensamiento.

Lidia comparte una anécdota que ilumina cuánto tiempo lleva diciendo esto. Hace décadas hablaba de la microbiota como condicionante del pensamiento, de la conexión entre intestino y enfermedad mental, de tratar el intestino en cuadros bipolares o esquizofrénicos con hidroterapia de colon. La gente la llamaba loca. Ahora la ciencia está confirmando lo que ella observaba clínicamente. Cuenta, con cierta sorna, que su frase favorita en aquella época era que pensamos con el culo. La parte mesentérica del intestino, el segundo cerebro, no es metáfora.

Su prescripción es práctica. Llenar la nevera con todo lo que ofrezca el mercado. No los diez alimentos preferidos, sino cuarenta alimentos distintos rotando a lo largo del mes. Verduras que no te gusten incluidas. Frutas que nunca probaste. Hierbas que ignoraste durante años. La pluralidad es la condición de la diversidad microbiana, y la diversidad microbiana es la condición de tu salud mental.

Lo más útil de este bloque es la implicación inversa. Si comes pocos alimentos, tu mente también se estrecha. Y si la pregunta entonces es por qué no hay creatividad, por qué hay tanta ansiedad, por qué cuesta tanto pensar con claridad, una de las respuestas puede estar literalmente en la nevera.

Sobre Lidia Blánquez

Lidia Blánquez es naturópata, experta en microscopía nutricional ortomolecular y referencia en el mundo del ayuno largo en España. Lleva más de treinta y cinco años acompañando a sus pacientes en procesos de ayuno terapéutico y observando sangre viva por campo oscuro. Ha desarrollado el llamado “ayuno urbano”, una variante del ayuno clásico adaptada a quienes no pueden retirarse durante semanas a un hospital de bosque. Su trabajo conecta la naturopatía tradicional, la observación clínica acumulada y los avances recientes en microbiota, autofagia y neuroplasticidad.

- Web: https://lidiabiosalud.com

- Instagram: https://www.instagram.com/lidia.blanquez/

Libros y recursos mencionados

- La muerte: un amanecer, de Elisabeth Kübler-Ross: https://www.amazon.es/dp/8415864337?tag=oriolroda-21

- Usted puede sanar su vida, de Louise L. Hay: https://www.amazon.es/dp/8486344654?tag=oriolroda-21

- La enfermedad como camino, de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke: https://www.amazon.es/dp/8499083552?tag=oriolroda-21

- Momo, de Michael Ende: https://www.amazon.es/dp/8420482765?tag=oriolroda-21

- Sapiens. De animales a dioses, de Yuval Noah Harari: https://www.amazon.es/dp/8499924212?tag=oriolroda-21

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Mi nota de voz personal sobre este episodio

En esta nota grabo lo que no me cabe en el episodio. He hecho ayunos de varios días varias veces en mi vida y los dejé hace años por el miedo a la pérdida de masa muscular que la divulgación científica me había metido en la cabeza. Después de esta conversación con Lidia me quedo con un par de ideas que me hacen replantearme la decisión, y comparto la duda real que tengo sobre cuándo retomarlo y cómo encajarlo con mi entrenamiento de fuerza actual. También cuento qué le pregunté a Lidia fuera de cámara sobre la microscopía nutricional, y por qué creo que el ángulo de la reentrada cambia cómo voy a plantearme cualquier intento futuro.

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