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Matchmaker revela por qué las apps de citas solo te enseñan el 20% de los perfiles | Marta Marcos

Las apps de citas solo muestran el 20% de los perfiles: la matchmaker Marta Marcos explica por qué no funcionan y cómo encontrar pareja real tras separarte.

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Oriol Roda
jul 30, 2026
∙ De pago

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Me separé hace nueve meses y hace tres semanas he vuelto a las apps de citas, después de 20 años fuera de este mundo. Lo que he encontrado se parece más al oeste salvaje que a un lugar donde conocer a alguien. Marta Marcos, matchmaker y directora de una agencia para encontrar pareja, viene a poner orden: explica por qué tener muchas opciones juega en tu contra, cómo distinguir la seducción de la manipulación y qué cambiar en tu próxima primera cita.

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De qué va este episodio

Marta Marcos era directiva de banca cuando, hace 18 años, una separación con un hijo pequeño le dio la vuelta a la vida. De aquella crisis salió un trabajo personal profundo: se formó como coach, estudió sexología y constelaciones familiares, y acabó dejando el banco para fundar una agencia de matchmaking. Hoy se dedica a presentar personas que buscan pareja estable, combinando la búsqueda con sesiones de coaching. Su posición es privilegiada: conoce a las dos partes de cada cita y recibe el feedback de ambas. Pocas personas han visto tantas primeras citas por dentro.

La conversación recorre las tensiones que cualquier adulto soltero reconocerá. ¿Sirven las apps para encontrar pareja o solo para dispersarte? ¿Qué pasa exactamente en los primeros segundos de un encuentro, y por qué ahí ya se decide casi todo? ¿El poliamor es una evolución de la pareja o la excusa de una relación que se apaga? ¿Y qué hace exactamente una matchmaker que un algoritmo no puede hacer? Al final, todas las respuestas apuntan al mismo sitio: conocerte a ti antes de buscar a nadie. Las ideas clave, a continuación.

Ideas clave de la conversación


Por qué las apps de citas no funcionan: solo el 20% de los perfiles son visibles

Marta maneja un dato que casi nadie que desliza perfiles conoce: según un estudio que cita en la conversación, solo el 20% de los perfiles de una app de citas llegan a ser visibles. El algoritmo premia a quien acumula likes, así que quien no los recibe (por altura, por físico, por una foto mediocre) cae a la cola y prácticamente desaparece. A eso se suma un desequilibrio de base: el 80% de los usuarios son hombres y solo el 20% mujeres. Marta ha recibido en su agencia a personas que nunca han tenido un match, con la autoestima erosionada tras meses de silencio. Su conclusión es una de las frases de la conversación: “Escoger a alguien por una simple foto es bastante perverso.” Pero el problema no es solo del algoritmo. Marta compara las apps con un mercadillo: hay tanta oferta que no sabes qué quedarte. Y esas opciones, advierte, no son reales. Si se analizara cada perfil en profundidad, buscando afinidad genuina, quedarían muy pocas personas que de verdad encajen contigo. La sensación de abundancia es una ilusión estadística. La consecuencia práctica la vive cualquiera que use estas plataformas: hablas con varias personas a la vez, la mente no se enfoca en ninguna y siempre sospechas que habrá alguien mejor la semana que viene. Te puede gustar mucho una persona, pero no le das el espacio necesario para conocerla porque tu atención está repartida. Y luego está el ghosting: personas que te hablan y desaparecen, con las que quizá incluso has quedado. Marta lo despacha con pragmatismo: no va de ti, va del otro, y da gracias de que haya desaparecido alguien capaz de irse sin despedirse. La implicación incomoda: más opciones no aumentan tus probabilidades de encontrar pareja. Las diluyen.


Encontrar pareja después de una separación: primero aprende a estar solo

Hay una parte de la separación de la que nadie habla, dice Marta, y es el primer día que te encuentras solo en tu nueva casa. Has dejado el hogar familiar, o te has quedado en él pero sin los niños y sin la otra persona, y de repente entiendes que esa va a ser tu nueva vida. Da vértigo. La reacción típica es la hiperactividad: llenar la agenda de planes, salir de casa como sea, no parar. Y ahí aparece la trampa que Marta ve constantemente en su consulta: pensar que conociendo a mucha gente vas a cubrir el vacío. No lo cubres, lo tapas con parches, y acabas enlazando una relación tras otra sin resolver nada.

El concepto que lo resume es la necesidad. Cuando buscas pareja desde ahí, ya no eliges desde la libertad: te conformas casi con lo que aparezca, porque lo que no soportas es estar solo. Y una relación que nace para cubrir una necesidad tiene fecha de caducidad. En cuanto esa necesidad queda cubierta, a los pocos meses descubres que la persona no encaja.

El filtro que propone Marta es una pregunta engañosamente simple. No es por qué quieres pareja, sino para qué. Cuando la gente se la responde con honestidad, salen cosas inesperadas: para no estar solo, para tener hijos, para viajar acompañado. Ninguna respuesta es ilegítima, pero cada una implica una búsqueda distinta, y algunas no implican buscar pareja sino resolver otra cosa primero.

El ejercicio que se lleva el oyente es concreto: antes de reabrir la app o aceptar la siguiente cita, escribir en un papel para qué quieres una pareja. Si la respuesta huele a ansiedad y a vacío, el trabajo pendiente no está en el perfil. Está en ti.

Si estás pasando por una separación o reabriendo tu vida sentimental, cada semana comparto en la newsletter las ideas más útiles de estas conversaciones, aplicables desde el primer día. Suscríbete gratis.


Los tres errores de la primera cita: no escuchar, fingir y hablar de la ex

Le pregunto a Marta por los errores más comunes en una primera cita, y su respuesta tiene la contundencia de quien ha recibido el feedback de miles de ellas. El primero: no escuchar. Por nervios o por ganas de impresionar, mucha gente convierte la cita en un monólogo. Marta lo ve en los informes que recibe después de cada encuentro: “no me ha dejado hablar en dos horas” es una queja recurrente, y suele ser definitiva. Tiene un caso que lo ilustra a la perfección: un cliente abogado que no pasaba nunca de la primera cita. En las sesiones de coaching descubrieron el motivo: sometía a sus citas a un interrogatorio profesional. Se refugiaba en el registro donde se sentía seguro, el de su despacho, y la otra persona se sentía amenazada. La solución fue cambiar la dinámica: en lugar de preguntar como un fiscal, conectar desde tres cosas que a ti te hacen vibrar, un hobby, una anécdota divertida, una película. Lo que transmites cuando hablas de lo que te entusiasma vale más que cualquier batería de preguntas.

El segundo error: fingir. Adaptarte a la otra persona para gustarle te coloca en una posición de inferioridad desde el minuto uno, y si de ahí sale una relación, nace desequilibrada. Marta lo compara con el típico vendedor de coches de segunda mano: dice cosas que no son y omite las que no convienen. El personaje no se sostiene, y tarde o temprano aparece la persona real.

El tercero es tajante y me lo dice mirándome: hablar de la ex. Nunca. La persona que tienes delante no es tu psicóloga ni tu terapeuta. A una cita se va con humor y con ganas de pasarlo bien, no a explicar desgracias. Y si conectáis los dos explicando penas, tampoco es buena señal: estáis conectando desde el lugar equivocado.


El clic de los tres segundos: por qué hay que quedar rápido y en persona

Una de las recomendaciones más firmes de Marta va contra la costumbre de alargar las conversaciones por chat durante semanas: hay que quedar muy rápido. El motivo es psicológico. Mientras no ves a la persona, estás proyectando sobre ella lo que quieres que sea. Cuanto antes quedas, antes rompes esa idealización y ves quién es de verdad, cómo habla, cómo se mueve.

Y ahí aparece el concepto que da título a esta idea: el clic de los primeros tres segundos. Cuando dos personas se ven por primera vez, en ese instante inicial hay muchísima información: lenguaje no verbal, energía, incluso olores que no somos conscientes de percibir. No va de guapo o feo, insiste Marta: a veces el más guapo no te genera nada y alguien objetivamente menos agraciado te despierta una química inexplicable. Los hombres funcionan más por impacto visual; las mujeres tienden a dar más peso al conocimiento posterior. Pero en esos tres segundos, sostiene, ya sabes si volverás a quedar. Esa magia se da o no se da, y no se puede fabricar. Por eso hay que verse en persona, y pronto: es lo único que muestra la realidad.

Ahora bien, Marta introduce un matiz que evita convertir el clic en una condena. El primer día todo el mundo va nervioso, y los adultos rara vez sienten mariposas en una primera cita. Su regla: si no ha sido un no rotundo (y ese no rotundo sí se nota en los tres segundos), concede una segunda cita. Sin nervios, las personas se muestran distintas, y la segunda y la tercera cita dan mucha más información que la primera.

Los básicos, por obvios que parezcan, los repite porque fallan: ir arreglado sin disfrazarse (si nunca llevas americana, no aparezcas con una) y sonreír. Cuando sonríes, generas bienestar en el otro. Durante toda la cita.


Love bombing: cuando lo que parece amor es manipulación narcisista

Le planteo a Marta el mundo de los pick up artists, esos gurús que enseñan técnicas de seducción con truco, y su respuesta corta cualquier ambigüedad: eso no es seducción, es manipulación. Y quien la practica de forma sistemática suele responder a un perfil concreto: personas narcisistas, sin empatía, grandes seductoras precisamente porque han convertido la conexión en una técnica.

La estrategia estrella tiene nombre: love bombing. Te acabo de conocer y te hago un caso exagerado, te escribo a todas horas, quiero saber dónde estás y con quién, te digo que te quiero a las tres semanas. Nada de eso es lógico entre dos personas que se están conociendo, y esa desproporción es justo la señal. El manipulador detecta lo que necesitas y te lo da en cantidades industriales hasta generar dependencia. Suele elegir bien a sus víctimas: personas con heridas de necesidad grandes, que llevan tiempo esperando que alguien las vea. Una vez enganchada la presa, empieza el aislamiento: te aparta de tus amigos, de tu entorno, te quiere solo para él o para ella. Y ese juego, advierte Marta, puede escalar hasta el maltrato psicológico.

La seducción real es otra cosa, y su definición es liberadora: todos tenemos habilidades para seducir. No existe el gen del seductor; existe la manera de seducir de cada uno, y el trabajo consiste en descubrirla y potenciarla, no en copiar un guion. La seducción auténtica, además, filtra sola: si tu humor no le llega a la otra persona, no ibais a conectar de todos modos.

La diferencia de fondo se puede resumir en una línea: el seductor auténtico quiere que le conozcas; el manipulador necesita que no le conozcas nunca. La velocidad y la intensidad desmedidas no son romanticismo. Son la bandera roja.

Si esta parte te ha removido algo, en la newsletter desgrano cada semana la psicología que hay detrás de estas conversaciones, en cinco minutos de lectura y gratis. Suscríbete.


El poliamor y la infidelidad suelen ser síntomas del mismo problema

Marta sabe que su opinión sobre el poliamor le va a traer críticas, y aun así la sostiene: mantener varias parejas simultáneas exige una preparación emocional que muy pocas personas tienen. Respeta a quienes lo viven con consentimiento mutuo, pero lo que observa en la práctica es otra cosa: parejas que ya no están bien y que, antes de romper, deciden abrirse. El problema es que abrir la pareja no atiende al problema real, que es qué nos está pasando a ti y a mí. Propone una reflexión sencilla para calibrar dónde estás: si tu relación funciona de verdad, ¿estarías dispuesto a compartir a tu pareja con otras personas? Cuando estamos bien, dice, solo tenemos foco y ganas de estar con esa persona.

Con la infidelidad aplica la misma lógica de fondo, y aquí su posición es de las que generan debate: la culpa no es solo del infiel. Cuando aparece una tercera persona, la pareja ya no funcionaba, y en una relación cada uno carga con el 50% de la responsabilidad. Lo que sí reprocha al infiel es otra cosa: la falta de honestidad. Nadie comete una infidelidad sin darse cuenta; no es un desliz, es una decisión consciente. La vía honesta era poner las cartas sobre la mesa y decir “no estoy bien, vamos a dejarlo”. La infidelidad es la vía de escape fácil.

Su receta preventiva es poco glamurosa y muy sensata: terapia de pareja, y a tiempo. Adelantarse a la ruptura, detectar el estancamiento o el problema de comunicación cuando aún tiene arreglo. Muchas separaciones, asegura, se evitarían así.

Lo que une ambos temas es la misma incapacidad: la de tener la conversación difícil con la persona que duerme al lado. Abrir la pareja o mirar fuera son maneras de no tenerla.


Cómo funciona el matchmaking profesional: calidad antes que cantidad

El proceso de la agencia de Marta es casi la antítesis de una app. Empieza con una entrevista en profundidad de más de dos horas y un contrato de 12 meses. ¿Por qué un año? Porque conocer a alguien lleva tiempo: puedes pasar tres meses viendo a una sola persona antes de saber si aquello va a algún sitio. Y esa es otra diferencia estructural: en su método solo conoces a una persona a la vez. Hasta que las dos partes no deciden no seguir, no se abre la siguiente búsqueda. Foco total, exactamente lo contrario de la dispersión de las apps.

Los filtros hacen el resto. En la agencia solo entra quien busca pareja estable: ha rechazado a clientes dispuestos a pagar que buscaban otra cosa. Y la propia inversión económica, que es importante, funciona como garantía de compromiso. El resultado es un pool mucho más pequeño que el de cualquier app, y cuando le pregunto qué me garantiza que ese pool tenga afinidad conmigo, su respuesta es la tesis de su negocio: no va de cantidad, va de calidad. Sus resultados hablan de un 20% de éxito. Habrá quien lo vea poco; ella lo considera muchísimo, porque sabe lo difícil que es que dos personas encajen de verdad.

Su ventaja más peculiar es la información. Marta conoce a las dos partes de cada cita y recibe el feedback de ambas al día siguiente. Cuenta un caso que resume el valor de esa posición: dos personas quedan, se gustan, y ninguna dice nada por miedo. Él se va rápido, ella interpreta que no le ha gustado, los dos se lo confiesan a Marta por separado. Una llamada suya deshace el malentendido y vuelven a quedar. Ningún algoritmo puede hacer eso.

Cada semana extraigo de estas conversaciones lo aplicable: protocolos, preguntas, ejercicios concretos. Recíbelo gratis suscribiéndote a la newsletter.


¿Te escogerías a ti como pareja? El filtro que casi nadie se aplica

Hay una pregunta que Marta hace a sus clientes y que funciona como un espejo incómodo: ¿te escogerías a ti como pareja? Casi nadie se la ha planteado. Todo el mundo llega con su lista de exigencias sobre el otro, pero pocos la contrastan consigo mismos. El ejemplo que pone es transparente: si quieres una chica que se cuide pero tú fumas, comes comida basura y no te mueves del sofá, estás pidiendo algo que no está a tu altura, y no va a encajar nunca. El ejercicio que propone es directo: piensa hoy tres cosas que tendrías que cambiar en ti para convertirte en la persona que atraería a quien buscas. Su diagnóstico de fondo lo firma cualquier psicólogo: somos nuestros grandes desconocidos. Y si no sé quién soy, ¿qué puedo exigir a la otra persona?

Parte de ese desconocimiento viene de serie. Marta recurre a un dicho de la psicología de pareja: a la cama no vamos dos, vamos seis. Papá y mamá siempre entran con nosotros. Replicamos los modelos de relación que vimos en casa, incluso los que no funcionan, porque los vivimos como los correctos. Generaciones enteras crecieron con padres que no sabían expresar emociones ni comunicar necesidades, y esa manera de amar se hereda hasta que alguien la rompe conscientemente.

Y un aviso final para los que presumen de desarrollo personal: cuando alguien te dice que está muy trabajado, sospecha. Ese trabajo no acaba nunca. Ella lleva 19 años en ello y sigue encontrando capas nuevas: lo que te sirvió en una etapa deja de servirte en la siguiente.

Al final, el episodio se cierra donde empezó: el problema no son las apps, ni el mercado, ni los demás. El verdadero filtro para encontrar pareja es el autoconocimiento. Todo lo otro es ruido.

Sobre Marta Marcos

Marta Marcos es matchmaker y directora de Dazzling, una agencia para encontrar pareja estable. Antes fue directiva de banca: tras una separación hace 18 años, con un hijo pequeño, inició un trabajo personal que la llevó a formarse como coach y en sexología y constelaciones familiares, hasta dejar el mundo financiero para dedicarse a las relaciones. Su método combina la búsqueda personalizada de pareja con sesiones de coaching, en procesos de 12 meses donde acompaña a sus clientes cita a cita.

- Instagram: https://www.instagram.com/marta_lovecoach/
- Web: https://dazzling.es
- WhatsApp: 628 938 161

Libros y recursos mencionados

- El poder del ahora, de Eckhart Tolle: https://www.amazon.es/dp/8484452069?tag=oriolroda-21
- El arte de amar, de Erich Fromm: https://www.amazon.es/dp/8449330181?tag=oriolroda-21

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Mi nota de voz personal sobre este episodio

En esta nota grabo lo que no entra en el episodio: cómo estoy viviendo yo, de verdad, esto de volver a tener citas con tres hijos y después de 20 años fuera del mercado. Cuento qué me ha pasado en las apps en estas primeras semanas y en cuál de los errores que señala Marta me he reconocido. También respondo en voz alta a su pregunta más incómoda: si me escogería a mí mismo como pareja hoy, y las tres cosas que voy a cambiar antes de la próxima cita.

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