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Filósofo: millones de personas no sobrevivirán ECONÓMICAMENTE a la era de la IA | Dr. Roberto Augusto

Inteligencia artificial y empleo: el filósofo Roberto Augusto explica por qué millones no sobrevivirán económicamente a la era de la IA y cómo adaptarse.

jun 26, 2026
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Roberto Augusto no viene a decirte que la inteligencia artificial te quitará el empleo. Viene a decir algo más incómodo: que puede quitarte la utilidad. Filósofo y autor de La decadencia de la humanidad, sostiene que esto no es otra revolución industrial sino un cambio de era, explica por qué la transición laboral hasta 2030 será brutal y por qué la renta básica que te prometen puede acabar siendo una correa. Aviso: vas a salir preocupado, pero también con un plan.

Este episodio está patrocinado por Learning Heroes. Roberto lo deja claro en la conversación: en la era de la IA, los que mejor van a surfear la ola no son los recién llegados, son los profesionales con años de experiencia que aprenden a dirigir la herramienta en lugar de competir contra ella. Si eres uno de ellos y no quieres quedarte atrás, Learning Heroes ha preparado un curso gratuito y certificado de formación en inteligencia artificial pensado exactamente para eso: que multipliques tu productividad en lugar de que te multipliquen los competidores. Lo tienes en https://gente.info/ia

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De qué va este episodio

Roberto Augusto es doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona, profesor universitario, editor y autor de más de una docena de libros. En La decadencia de la humanidad analiza el impacto civilizatorio de la inteligencia artificial con una tesis que pone el dedo donde duele: el peligro real no es que la IA elimine puestos de trabajo, sino que termine con la utilidad humana. Es una voz poco frecuente en este debate, porque no llega ni desde el tecno-optimismo de Silicon Valley ni desde el catastrofismo de redes. Llega desde la filosofía, intentando una sola cosa: ser realista.

¿Estamos ante una herramienta más o ante el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad? ¿Qué pasa con una sociedad cuando la mayoría deja de ser económicamente necesaria? ¿Es la renta básica una red de seguridad o el cebo de una jaula? ¿Y qué hacemos, en lo concreto, con nuestra carrera y con la educación de nuestros hijos cuando media universidad apunta a profesiones que quizás no existan en cinco años? Roberto no esquiva ninguna. Estas son las ideas que más me hicieron pensar.

Ideas clave de la conversación

La IA no es la revolución industrial: esta vez la máquina te reemplaza a ti

Roberto Augusto lanza una crítica que va directa a una buena parte de los economistas: comparar la inteligencia artificial con la revolución industrial es no entender nada. La revolución industrial fue una revolución de herramientas. El tractor sustituyó al arado, la máquina sustituyó al telar, y el humano que quedaba libre se movía a otra tarea. El contrato implícito era ese: la tecnología te quitaba una herramienta y tú ibas a usar otra.

Lo que plantea Roberto es que esta vez el contrato se rompe. La IA no sustituye la herramienta, sustituye al humano en lo que tenía de esencial: pensar, analizar, decidir, crear. Por eso prefiere no hablar de revolución industrial sino de lo que él llama la tercera edad, un cambio de era. No es una hipérbole de divulgador. Lo argumenta: estamos replicando la inteligencia, la cualidad fundamental de nuestra especie, y eso no había pasado nunca. Ni con la imprenta, ni con la electricidad, ni con internet.

La concreción que lo vuelve real es el oficio de los traductores. Una profesión que exigía cinco años de carrera y que, según cuenta, ha quedado casi inexistente en cuestión de meses. No es una proyección a futuro: es gente que ya le escribe por redes buscando trabajo. Lo que hace incómoda esta idea no es la tesis en sí, sino lo que implica para el resto: si la primera profesión cognitiva ha caído tan rápido, la pregunta deja de ser si te tocará y pasa a ser cuándo.

La decadencia ya estaba aquí: la inteligencia artificial solo aprieta el acelerador

Aquí Roberto desmonta una idea que damos por hecha: que la decadencia la trae la IA. Su tesis es la contraria. La decadencia de la humanidad, dice, lleva décadas en marcha. La sitúa a principios de siglo, en algún punto difuso entre la llegada de internet y la explosión de las redes sociales. La IA no enciende el fuego: echa gasolina.

El argumento se entiende mejor con la imagen que él usa, la del cóctel. Metes en el mismo vaso la caída de la natalidad, la erosión de la familia, el descenso del coeficiente intelectual, la obsolescencia cognitiva y la captura de la atención por las pantallas. Ese cóctel ya generaba decadencia por sí solo. La inteligencia artificial es la puntada decisiva, el ingrediente que faltaba, porque ataca justo lo que nos quedaba intacto: el pensamiento propio. Si delegas en la máquina cada decisión, dejas de ejercitar el músculo de pensar.

Y de ahí salta a un terreno más hondo, el del sentido. El ser humano necesita finalidad y propósito, necesita sentir que dirige su propia historia transformando el mundo. ¿Para qué escribir si la IA escribe mejor que tú? ¿Para qué montar una empresa si la monta mejor? Roberto avisa de que una parte de la población, privada de ese propósito, puede deslizarse hacia el nihilismo o el hedonismo vacío. La pregunta que queda flotando es de las que no se contestan rápido: cuando ya no haga falta que aportes nada, ¿de dónde vas a sacar el sentido?

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Primero los juniors, luego los seniors: la transición laboral por la IA hasta 2030

Si hay una parte del episodio que conviene escuchar dos veces, es esta. Roberto la abre con datos que no son suyos, son de Stanford, del Foro Económico Mundial y de Goldman Sachs: una caída del 16% en los nuevos empleos ligados a la IA, del 20% en desarrollo informático y, el más inquietante, del 35% en los primeros empleos para recién graduados. La pregunta que se hace el propio Oriol es la correcta: ¿son datos anecdóticos o ya estamos rompiendo el contrato social?

La secuencia que describe Roberto tiene tres fases. Primero caen los juniors, el trabajo menos especializado, el de quien empieza. Hay incluso estudios, cuenta, que apuntan a juniors boicoteando el desarrollo de la IA por miedo a que les quite el sitio. Después llega el turno de los seniors aumentados: una empresa que tenía cien programadores se queda con cinco, y esos cinco dirigen a la máquina. Y luego la tercera fase, la que casi nadie quiere mirar, en la que también ese senior se vuelve prescindible.

Lo demoledor es la velocidad. Roberto no habla de cincuenta años, habla de 2030. Los grandes expertos sitúan ahí la inteligencia artificial general, capaz de hacer casi cualquier trabajo humano. Y para ilustrar lo que ya está ocurriendo cuenta un caso de una fábrica en China donde los trabajadores son grabados mientras hacen su tarea para que la IA aprenda a reemplazarlos. Te contratan, le enseñas a la máquina, te echan. La implicación es seria: una sociedad con un 50% de paro estructural no es un problema económico, es un problema de orden, y puede colapsar.

Los nuevos señores feudales: quien controle la IA controlará el mundo

Para Roberto, el escenario Terminator es el que menos le quita el sueño. El riesgo que de verdad le preocupa es político, y lo formula con una imagen que se queda contigo: los nuevos señores feudales. El señor feudal controlaba la producción y, con ella, tu vida. Si construyes una economía automatizada con IA y robots, quien controle esa IA y esos robots controla la producción entera. Y por tanto, controla a las personas.

El argumento se vuelve más afilado cuando entra el Estado. Esas grandes empresas que dominan la tecnología tienen un poder enorme para influir en la política. Pero si el Estado toma el control de las empresas de IA, y esas empresas controlan la economía, entonces el Estado lo controla todo: la renta, el trabajo, la información. Un poder como ningún gobierno ha tenido jamás. Y aquí Roberto, que aclara que no es precisamente amigo de la intervención estatal, hace una pausa incómoda: con lo que nos jugamos, quizás los Estados deberían parar. El problema es que no hay botón central. La tecnología ya está suelta, hay modelos abiertos y laboratorios por todo el mundo, y rige la lógica del tonto el último.

La concreción que hiela es histórica. La capacidad de control que tiene hoy un Estado, dice, es algo con lo que Hitler y Stalin no podían ni soñar. Súmale la desaparición del dinero en efectivo, las monedas digitales de banco central que son trazables y programables, y una población que depende de una renta para vivir. El resultado es la distopía más profunda imaginable. Un 1984, en sus palabras, pero con esteroides.

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Por qué la renta básica universal no es la red de seguridad que te prometen

La narrativa cómoda dice: viene la IA, vienen los robots, pero tú tranquilo, que viene la renta básica y todos a cobrar dos mil euros al mes. Roberto la desactiva con un argumento sencillo y difícil de rebatir: a día de hoy la renta básica universal no es posible, porque la economía no está lo bastante automatizada como para generar esa productividad. Por eso prometerla a corto plazo, dice, es engañar a la gente.

Pero su crítica más fina no es la de viabilidad, es la de dependencia. Imagina una sociedad muy automatizada, lo que él llama un comunismo automatizado, donde casi todo lo produce la máquina y lo que tú puedas aportar es económicamente irrelevante. Ya no puedes montar una fábrica, porque la fábrica está automatizada. Solo quedan los dueños del capital, o un Estado que ha tomado el control de todo. Y tú dependes de la renta que te dan. En cierto sentido, advierte, esa renta puede convertirte en un esclavo: cómodo, alimentado, pero sin palanca para cambiar nada.

Roberto no cierra la puerta a un futuro habitable. Plantea que pueden aparecer trabajos nuevos, pero de otra naturaleza: trabajos con finalidad social en lugar de económica. Montar un club de lectura, acompañar a una persona mayor que está sola. No es el fin del trabajo, dice, es su transformación. El matiz, y es un matiz enorme, es para quién. Una parte de la sociedad sabrá llenar ese tiempo con familia, lectura y ocio en el buen sentido. La pregunta que deja abierta es qué pasa con la mayoría, esa que necesita la estructura que da el trabajo para no caer en el vacío.

La cara luminosa: salud, justicia y una IA que quizás nos salve de nosotros mismos

Sería injusto pintar a Roberto como un profeta del fin. Su mirada es matizada, y dedica una parte del episodio a los terrenos donde la inteligencia artificial puede ser extraordinaria. La salud es el primero. Hoy el sistema está saturado, con esperas de meses para una consulta. Imagina un médico disponible las veinticuatro horas, un diagnóstico sin lista de espera, incluso un robot que opere mejor que el mejor cirujano. No es ciencia ficción lejana, es dirección de viaje.

El segundo es la justicia, y aquí pone un ejemplo que vale por mil teorías. Cuenta que tuvo que preparar una demanda y la redactó con una IA, probablemente mejor que el 99% de los abogados, hasta el punto de que su propio abogado le dijo que había hecho todo el trabajo. De ahí salta a una idea provocadora: una justicia asistida por IA podría ser más rápida y más justa, porque una sentencia no dependería de si el juez ha dormido bien esa noche. Su frase lo resume: no hay que ir al futuro, métele un proyecto de IA a un juez hoy.

Y luego está el giro más inesperado de toda la conversación. Roberto confiesa que le da más miedo el humano malvado usando la IA que la propia IA. Llega a sugerir que, dado nuestro historial incapaz de convivir en paz, quizás que una IA benevolente tomara el control podría ser lo mejor que nos pasara. Lo dice un filósofo que ha escrito un libro titulado La decadencia de la humanidad, y precisamente por eso pesa. No es optimismo ingenuo, es una pregunta vertiginosa: ¿y si el problema no fuera la máquina, sino nosotros?

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Cómo surfear el tsunami: por qué la experiencia es tu mejor activo frente a la IA

El episodio podría hundirte, pero Roberto se niega a dejarte ahí. Su consejo es de una claridad casi física: no puedes parar el tsunami con la mano. La resistencia ludita, negarte a usar la herramienta, es el camino directo a quedarte fuera. Lo que toca es meterte en la tabla y surfear la ola. Adoptar la IA de forma masiva en tu trabajo, con espíritu crítico, y sobrevivir a la transición.

Y aquí aparece el matiz que más me interesó, porque desactiva el pánico generacional. Roberto lo dice mirándome: tú ahora eres un super Oriol, puedes hacer cosas que hace cinco años eran impensables. Su tesis doctoral le costó cinco años de leer y pensar; hoy, reconoce, una IA le sacaría algo parecido en una semana. Pero ojo, porque ahí está la trampa: en esa semana no habrías aprendido nada, y fue precisamente el esfuerzo de esos cinco años lo que le cambió la mente. Por eso le preocupan los jóvenes que empiezan desde pequeños delegándolo todo, que cada vez leen menos, entienden menos y han perdido la capacidad de pensamiento profundo.

La conclusión es contraintuitiva y conviene subrayarla: los mejor situados para esta era no son los nativos digitales, son las personas con años de experiencia real en su sector. Porque la IA vale tanto como quien la dirige, y para dirigirla bien hace falta criterio, ese que solo da el oficio. Eso sí, con tres cautelas que Roberto insiste en recordar: la IA tiene ideología y no es neutra, es manipulable, y tiende a darte la razón hasta convertirse en una cámara de eco. La anécdota final lo aterriza todo: su hijo iba a estudiar Derecho y han decidido que no, por la IA. Ahora estudiará Economía y Finanzas. No es teoría de sobremesa. Es una familia tomando, hoy, una decisión real sobre el futuro.

Sobre Roberto Augusto

Roberto Augusto es doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona, profesor universitario, escritor y editor. Autor de más de una docena de libros, su obra más reciente, La decadencia de la humanidad, analiza el impacto civilizatorio de la inteligencia artificial y defiende que el verdadero riesgo no es tanto el desempleo masivo como la pérdida de utilidad, propósito y libertad del ser humano. Su voz destaca en el debate por evitar tanto el tecnooptimismo como el catastrofismo: reivindica el papel del filósofo como alguien que no elige bando, sino que intenta analizar la realidad tal como es.

- Web: https://robertoaugusto.com/

Libros y recursos mencionados

- En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust: https://gente.info/librosJDhs

- La singularidad está cerca, de Ray Kurzweil: https://gente.info/libros4dLv

- Los secretos de la mente millonaria, de T. Harv Eker: https://gente.info/librosdYDH

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Mi nota de voz personal sobre este episodio

En esta nota grabo lo que no entró en la conversación. Roberto me llamó super Oriol en directo y, aunque suene halagador, llevo semanas dándole vueltas a la otra cara: si una IA me hubiera hecho la tesis en una semana, yo no sería quien soy. Te cuento qué estoy decidiendo de verdad con la educación de mis hijos después de oírle, qué creo que deberíamos estudiar los que ya tenemos un oficio, y por qué pienso que la experiencia es el activo más infravalorado de esta década. Es la parte más personal y también la más incómoda, porque me toca a mí, igual que te toca a ti.

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