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La molécula que SILENCIA el EGO y cambia tu CONCIENCIA para siempre | Borja Vilaseca

Tras 20 años divulgando autoconocimiento, Borja publica su libro más arriesgado: Dios como molécula endógena que el sistema silencia. Critica el exceso de ego como causa de la crisis de salud mental.

may 22, 2026
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Borja Vilaseca lleva 20 años divulgando autoconocimiento y acaba de publicar lo que él considera su libro más arriesgado: que eso que las religiones llaman Dios es, en realidad, una molécula que el cuerpo produce de forma endógena y que el sistema tiene todos los incentivos para silenciar. Explica por qué el exceso de ego es la causa estructural de la epidemia de salud mental, por qué las personas conscientes son literalmente ingobernables, y cómo el sistema educativo industrial está aplastando la singularidad de cada niño desde la infancia.

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De qué va este episodio

Borja Vilaseca es escritor, divulgador y fundador de Terra, un proyecto educativo alternativo en Barcelona. En este episodio presenta su tesis más provocadora hasta la fecha: la anandamida, una molécula que el cerebro produce de forma natural, es el sustrato neuroquímico de lo que los místicos han llamado Dios durante siglos. Su deficiencia crónica, sostenida por un sistema que no tiene ningún interés en revertirla, explica buena parte del sufrimiento psicológico colectivo.

La conversación recorre la neurociencia de la experiencia mística, el papel del ego como ilusión funcional pero desadaptativa, el colapso anunciado del sistema educativo industrial, y una visión utópica de la sociedad que incluye renta básica, ocio consciente y lo que Borja llama una revolución anandamídica. No es una conversación cómoda, y eso es exactamente lo que la hace necesaria.

Ideas clave de la conversación

Por qué la sensación de “estamos peor que nunca” es una señal de progreso, no de retroceso

Borja lleva dos décadas observando cómo evoluciona la sociedad desde dentro de su trabajo de divulgación, y la lectura que hace es contraintuitiva. La percepción generalizada de que hay más neurosis, más narcisismo y más enfermedad mental que nunca no significa que las cosas estén empeorando. Significa que hay más consciencia del dolor que antes se tapaba.

Cuando alguien vive en la inconsciencia, el dolor existe igualmente, pero se gestiona a base de parches: consumo, distracción, anestesia emocional. Cuando esa persona empieza a despertar y los parches dejan de funcionar, los primeros pasos del viaje interior son duros. Son necesariamente duros. El dolor no ha aumentado; lo que ha aumentado es la capacidad de verlo.

La implicación que extrae Borja es importante: medir el progreso de la especie en términos económicos o tecnológicos es un error de categoría. Si la medida es la salud mental y espiritual, entonces el hecho de que haya más personas dispuestas a mirar hacia adentro, aunque ese proceso sea doloroso, apunta en la dirección correcta. Incluso cuando esas personas están muy mal.

Hay algo más en esta idea que merece atención. Borja señala que mucha gente está hoy en un estado pésimo sin ser consciente de ello, precisamente porque todavía no ha agotado sus parches. El sufrimiento silencioso, el que no se nombra, no aparece en ninguna estadística.

Qué es la anandamida y por qué lo cambia todo

Anandamida significa, en sánscrito, “molécula de la dicha suprema”. Es un endocannabinoide que el cerebro produce de forma natural y cuyo efecto principal es silenciar la red neuronal por defecto: la voz del ego, el monólogo interno constante que construye la ilusión del yo.

Borja explica que cuando esa red se apaga, aunque sea temporalmente, se produce lo que los místicos de todas las tradiciones han descrito durante siglos con vocabularios distintos pero experiencias idénticas. La disolución del yo. La unidad. La sensación de que no hay separación entre el observador y lo observado. Con 25 años él tuvo una de esas experiencias y tardó años en encontrar el marco científico que la explicara. La anandamida es ese marco.

Lo que hace potente esta tesis no es solo la experiencia personal de Borja. Es que proporciona un puente entre dos territorios que el pensamiento moderno ha mantenido en compartimentos estancos: la neurociencia y la espiritualidad. Si la experiencia mística tiene un sustrato químico preciso y reproducible, entonces no es superstición, no es patología y no es privilegio de unos pocos. Es biología. Y eso cambia radicalmente la conversación sobre qué es la conciencia, qué es Dios y qué es el sufrimiento.

La molécula se libera, entre otras circunstancias, en estados de flow, en meditación profunda, en contacto con la naturaleza, en momentos de sexo consciente, en inmersión en agua fría, en ayuno o en situaciones límite. El cuerpo tiene los mecanismos. El sistema, según Borja, tiene todos los incentivos para que no los actives.

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El ego no es el enemigo: es una herramienta desadaptativa

Una de las distinciones más útiles de la conversación es esta: el ego no es malo en sí mismo. Es funcionalmente necesario para vivir en sociedad, para tener identidad, para relacionarse, para protegerse. El problema no es su existencia sino su exceso, y ese exceso hay que entenderlo en contexto evolutivo.

El sistema nervioso humano evolucionó para responder a estímulos agudos e intensos pero infrecuentes: el depredador, la tormenta, el conflicto ocasional. Entre esos momentos, el estado de reposo era la norma. Hoy vivimos en un entorno de estimulación constante, de amenaza difusa y permanente, de urgencia sin pausa. El ego, diseñado para activarse cuando llegaba el león, está activado las 24 horas.

Borja lo formula así: no es que el ego sea malo, es que el ego es desadaptativo a un entorno sobreestimulado. Y eso tiene una implicación práctica importante: la solución no es atacar el ego ni sentir culpa por tenerlo, sino crear las condiciones para que el sistema nervioso pueda relajarse y la anandamida pueda circular. Ese es el trabajo real.

La frase que resume esta idea con precisión: “Está muy bien ser místico hasta que llega el león.”

La anandamida como amenaza: por qué el sistema tiene incentivos para silenciarla

Aquí Borja entra en el territorio más polémico de su libro, y lo hace con una pregunta retórica que es difícil de ignorar: si existiera una molécula endógena que reconecta a las personas con estados de paz profunda, que disuelve temporalmente la identificación con el ego y que hace a quienes la experimentan literalmente libres de pensar fuera de los moldes prefabricados, ¿a qué institución le interesaría que esa molécula se popularizara?

La respuesta que da es sistemática. A las religiones organizadas no les interesa, porque su negocio es la intermediación entre el creyente y lo sagrado, y la anandamida elimina al intermediario. A la industria farmacéutica tampoco, porque la molécula no se puede encapsular: se degrada demasiado rápido y no tiene el perfil de producto que genera dependencia y recurrencia de compra. Al Estado tampoco, porque las personas conscientes son ingobernables: salen de los corsés de pensamiento estandarizado, cuestionan las normas y no se dejan manejar con los mecanismos habituales.

No es una teoría conspirativa, y Borja lo dice explícitamente. No requiere que nadie haya tomado una decisión coordinada para silenciarla. Basta con que los incentivos estructurales apunten en esa dirección para que el resultado sea el mismo: una molécula que podría cambiar la relación de millones de personas con su propio sufrimiento permanece prácticamente desconocida.

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El sistema educativo industrial: hay que destruir el edificio

Borja no dice que el sistema educativo necesita reformas. Dice que hay que destruir el edificio. Y lo dice con la serenidad de alguien que lleva años construyendo la alternativa.

Su argumento parte de una observación simple: cada ser humano es radicalmente único. Tiene talentos distintos, ritmos distintos, formas de procesar el mundo distintas. El sistema educativo industrial, diseñado para producir trabajadores estandarizados en masa, aplasta esa singularidad desde el primer día. No porque nadie lo haya planeado así, sino porque la lógica del sistema así lo requiere.

Lo que más le preocupa no es la ineficiencia académica. Es la disfunción psicológica que genera. Un niño que pasa doce años siendo evaluado por una métrica que no le representa, compitiendo en un campo donde sus capacidades reales no cuentan, aprendiendo que su valor depende de su rendimiento en una prueba estandarizada, sale de ese sistema con un ego sobredimensionado o aplastado, pero en cualquier caso desconectado de quién verdaderamente es.

Borja visualiza una portada de periódico que todavía no existe: “El sistema educativo ha quedado obsoleto.” Y lo dice con una convicción que va más allá del deseo: cree que es inevitable. Que llegará porque los modelos alternativos demostrarán resultados que el sistema homogéneo no puede producir. Y que cuando llegue, no bastará con renovar la fachada.

La anécdota que ilustra hasta dónde llega el problema: en las jornadas de puertas abiertas de Terra, el proyecto educativo que fundó, la pregunta más frecuente que hacen los padres interesados en una educación alternativa es: “¿Qué media de selectividad me garantizáis?”

O revolución anandamídica o ecocidio: la utopía como antídoto del nihilismo

La parte final del libro de Borja es, según él mismo admite, una fumada. Una visión de una sociedad radicalmente distinta organizada en torno al florecimiento de la conciencia y no en torno a la subsistencia económica. Renta básica universal, jornadas laborales radicalmente reducidas, tecnología al servicio de la presencia, ocio consciente como eje de la vida colectiva.

La cita de Erich Fromm que usa para sostener el punto es demoledora: si hoy redujeras la jornada laboral a la mitad, el número de suicidios se duplicaría. La gente no sabe qué hacer con su vida cuando tiene tiempo libre porque nunca ha aprendido a estar con ella misma. La ansiedad del vacío, que el trabajo tapa, se volvería insoportable.

La utopía de Borja no es un programa político. Es un horizonte de sentido. Y su función es explícita: inmunizarlo del cinismo y del nihilismo que, según él, son la epidemia más grave de nuestro tiempo, mucho más peligrosa que cualquier neurosis particular. Envejecer sin perder la capacidad de creer que algo mejor es posible es, para él, la definición operativa de salud mental.

La pregunta que lanza al final de este bloque es la más incómoda de la conversación: o nos dirigimos hacia esa revolución anandamídica, o nos dirigimos hacia la autodestrucción y el ecocidio. No hay tercera opción. Y lo dice sin dramatismo, como quien constata un hecho.

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La experiencia mística como tecnología de sanación: Ramana Maharshi y los límites del yo

Para ilustrar hasta qué punto puede llegar la disolución del ego cuando la anandamida opera sin freno, Borja cuenta la historia de Ramana Maharshi. A los 16 años, este joven indio tuvo una experiencia espontánea de lo que el Advaita Vedanta llama autoindagación. En un momento de terror ante la idea de la muerte, se preguntó: ¿quién es el que va a morir? Y esa pregunta, formulada con suficiente intensidad, le llevó a una comprensión que liberó tal cantidad de anandamida que literalmente dejó de haber nadie.

Cogió tres rupias, tomó un autobús y se fue a vivir a una montaña sagrada sin despedirse de sus padres. Lo encontraron días después medio muerto, con el cuerpo devorado por insectos. Él relataba que en ese estado no había nadie que se ocupara de un tal Ramana Maharshi. El ego que cuida del cuerpo, que siente el dolor, que gestiona la supervivencia, había desaparecido por completo.

Borja usa esta historia no para romantizar la locura mística, sino para ilustrar algo más preciso: la experiencia de la unidad, cuando es completa, borra temporalmente la frontera entre el yo y el resto. Y esa experiencia, en dosis accesibles y sin necesidad de casos extremos, es lo que las prácticas de liberación de anandamida buscan producir. La meditación, el frío, la respiración, el ayuno, el flow, el sexo consciente: todas son formas de aflojar el control del ego el tiempo suficiente para recordar que hay algo debajo de él.

Sanar es posible: la respuesta a la pregunta del invitado anterior

Cada episodio de Gente Interesante termina con una pregunta que deja el invitado para el siguiente. La que le llega a Borja es esta: ¿qué creías antes que era imposible y que ahora sabes con certeza que sí lo es?

Su respuesta es una sola palabra: sanar.

No en el sentido de llegar a un estado permanente de felicidad sin fisuras. Sino en el sentido de poder llevar una vida funcional, gozar de salud mental genuina, sentir dicha y estar en paz con la vida aunque vengas de situaciones muy jodidas en la infancia. Borja lo dice en primera persona y con la precisión de quien ha recorrido ese camino: soy un convencido de que se puede sanar cualquier cosa.

Lo más honesto de esta respuesta es que no la formula como un destino alcanzado. La formula como una dirección. El propósito de la vida, tal como él lo entiende ahora, es sanar, individual y colectivamente. Y eso convierte la pregunta sobre lo posible en algo más que una respuesta personal: en una hipótesis sobre el sentido de estar aquí.

Sobre Borja Vilaseca

Borja Vilaseca es escritor, divulgador y emprendedor español especializado en autoconocimiento, desarrollo de la conciencia y educación alternativa. Es el creador del Eneagrama para el Ser Humano y fundador de Terra, un proyecto de educación consciente en Barcelona. Ha publicado varios libros sobre crecimiento personal y su trabajo más reciente, Anandamida, el neurotransmisor de Dios, propone un marco neurocientífico para entender la experiencia mística y el sufrimiento psicológico colectivo.

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Libros y recursos mencionados

  • Anandamida, el neurotransmisor de Dios, de Borja Vilaseca: https://www.amazon.es/dp/8410467631?tag=oriolroda-21

  • Amar lo que es, de Byron Katie: https://www.amazon.es/dp/8492516909?tag=oriolroda-21

  • La era del diamante, de Neal Stephenson: https://www.amazon.es/dp/8498723647?tag=oriolroda-21

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Mi nota de voz personal sobre este episodio

En esta nota grabo lo que no entró en la conversación. Borja tiene una capacidad poco frecuente para hablar de espiritualidad sin que suene a autoayuda, y hay un momento de la entrevista que no está en el montaje donde le pregunté algo que me incomodaba desde hacía rato. También cuento qué me llevo yo de la idea de la anandamida a nivel práctico, porque no tengo claro que sea fácil de aplicar si partes de un estilo de vida como el mío, y creo que esa tensión merece ser nombrada en voz alta.

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